Durante años, la formación en muchas organizaciones se ha tratado como un trámite necesario:
un curso, una sesión, una agenda que cumplir.
Se forman equipos, se entregan certificados y se pasa a lo siguiente.
Pero pasado un tiempo, el trabajo diario sigue prácticamente igual.
El problema no es la formación en sí.
El problema es cómo se concibe.
El error habitual: formación desconectada de la realidad
Uno de los fallos más frecuentes es diseñar la formación al margen del contexto real en el que trabajan las personas.
Contenidos genéricos, ejemplos poco aplicables y enfoques excesivamente teóricos hacen que la formación se perciba como algo interesante… pero ajeno. Algo que se escucha, se valora y se olvida.
Cuando la formación no dialoga con el día a día, no transforma.
Especialmente en entornos técnicos
Esto es todavía más evidente en equipos técnicos y profesionales.
Ingenieros, perfiles especializados y mandos intermedios no necesitan discursos motivacionales ni recetas universales. Necesitan herramientas claras, lenguaje preciso y ejemplos que conecten con problemas reales.
Cuando la formación no respeta ese marco, genera distancia.
Cuando lo entiende, genera impacto.
Formación aplicada: del aula al puesto de trabajo
Formar de verdad implica aceptar una premisa incómoda:
el objetivo no es que la sesión salga bien, sino que algo cambie después.
Eso exige otro enfoque:
• Contenidos adaptados al contexto
• Casos reales, no ideales
• Espacios para la reflexión, no solo para la escucha
• Conexión explícita con decisiones y procesos cotidianos
La formación efectiva no termina cuando acaba la sesión.
Empieza cuando las personas vuelven a su puesto de trabajo.
Aprender como parte del trabajo, no como excepción
Otro error común es tratar la formación como algo extraordinario, separado de la actividad diaria.
Sin embargo, los cambios reales se producen cuando aprender forma parte del trabajo, no cuando lo interrumpe. Cuando la formación acompaña procesos, decisiones y momentos clave, deja de ser un evento aislado y se convierte en una palanca de mejora continua.
Formar es intervenir en la organización
Formar no es solo transmitir conocimiento.
Es intervenir en cómo se comunican los equipos, cómo se toman decisiones y cómo se enfrentan los problemas.
Por eso la formación no puede diseñarse sin entender la organización.
Ni ejecutarse sin tener en cuenta sus ritmos, tensiones y prioridades.
Cuando se hace bien, la formación no añade carga.
Ordena, aclara y refuerza.
Una cuestión de respeto profesional
En el fondo, formar bien es una cuestión de respeto.
Respeto por el tiempo de las personas, por su experiencia y por la complejidad de su trabajo.
Desde Orukami entendemos la formación como una herramienta para ayudar a trabajar mejor, no como un fin en sí mismo. Diseñamos programas conectados con la realidad, pensados para generar cambios sostenibles y útiles.
Porque formar no es cumplir un plan.
Es ayudar a que las personas puedan hacer su trabajo de otra manera.