Durante más de 25 años he trabajado dentro de grandes organizaciones. He visto nacer planes estratégicos ambiciosos, programas de transformación bien financiados y oleadas sucesivas de metodologías, herramientas y tecnologías prometiendo cambiarlo todo.
Y, sin embargo, demasiadas veces el resultado ha sido el mismo:
mucho esfuerzo, poca transformación real.
Con el tiempo he llegado a una conclusión incómoda, pero clara:
lo que frena el cambio rara vez es la tecnología.
El problema no es la falta de ideas
Las organizaciones no carecen de ideas.
Tampoco de diagnósticos, informes o presentaciones brillantes.
Lo que suele faltar es algo más básico y, a la vez, más difícil:
espacio para pensar y decidir bien.
En muchas grandes estructuras, las personas saben qué habría que cambiar, pero no encuentran el momento, el marco o la legitimidad para hacerlo. Las agendas están llenas, las prioridades compiten entre sí y cualquier iniciativa nueva se enfrenta a una inercia difícil de romper.
El problema no es la resistencia al cambio como concepto abstracto.
Es la saturación permanente.
El ruido organizativo como enemigo silencioso
Uno de los grandes frenos al cambio es el ruido:
• Demasiadas reuniones
• Demasiados indicadores
• Demasiados mensajes contradictorios
• Demasiadas urgencias que no lo son tanto
En ese contexto, cualquier iniciativa transformadora se convierte en “algo más” que gestionar, no en una oportunidad real de mejora.
Cambiar requiere foco.
Y el foco es un recurso escaso en organizaciones grandes.
Cuando transformar se convierte en ejecutar sin entender
Otro patrón habitual es confundir transformación con ejecución acelerada.
Se lanzan proyectos antes de haber entendido bien el problema.
Se implementan soluciones antes de haber alineado a las personas.
Se mide la actividad, pero no el impacto.
El resultado es predecible: iniciativas que avanzan en el papel, pero no cambian la forma real de trabajar.
La pregunta clave rara vez es “qué herramienta necesitamos”, sino:
“qué decisiones estamos evitando tomar”.
La dificultad real: decidir diferente
Cambiar implica decidir diferente.
Y decidir diferente implica asumir riesgos, renunciar a inercias y aceptar cierta incomodidad.
Muchas organizaciones no fallan por falta de capacidad, sino por exceso de prudencia mal entendida. Se protege el corto plazo, se pospone lo estructural y se espera que el cambio llegue sin alterar demasiado el equilibrio existente.
Pero el cambio real no suele ser indoloro.
Lo que sí puede ser es acompañado, ordenado y consciente.

Salir fuera para ver mejor
Después de muchos años dentro, entendí que a veces la única forma de ayudar de verdad es salir fuera.
No para dar lecciones, sino para ofrecer perspectiva.
Para hacer las preguntas que dentro cuesta formular.
Para ayudar a separar lo urgente de lo importante.
Desde Orukami trabajamos precisamente en ese espacio:
acompañando a organizaciones y equipos a pensar mejor antes de hacer más.
Porque la mayoría no necesita una revolución tecnológica.
Necesita claridad, criterio y tiempo bien invertido en decidir.
Y eso, paradójicamente, suele ser el mayor cambio de todos.

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Peter Bowman
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